jueves, 20 de septiembre de 2018

Pionero de la medicina tradicional en Santiago de Cuba



Santiago de Cuba, sept. 14.-La vida lo llevó a dedicarse en cuerpo y alma a  una profesión que exige horas de desvelo y total entrega. El doctor Ángel Jesús Quintero García responde a su nacimiento y al hogar; la educación que recibió en un pueblito de Baracoa, ciudad primada de nuestro país. Este hombre de ciencias  considera que los orígenes nunca se pierden con  una buena infancia como él la tubo en los Hoyos de Sabanilla, donde el paisaje exclusivo con ríos, plantas y la humildad de sus habitantes acreditan al actual médico, sagaz y indagador de conocimientos tanto en los libros, la naturaleza y en los mayores.
Las propiedades de las plantas la aprendió del entorno donde el boticario preparaba los medicamentos con hojas, cortezas, gotas del rocío y todo lo que se extraía del medio ambiente.  Supo de cómo curar el nombrado “empacho”, (ingesta), la “disipela”, (linfangitis), de correr una ventosa. El secreto vino a él por su abuela que curaba en silencio. Por algo la madre lo nombró Ángel  que significa mensajero y Jesús, el primero conocido que curaba con la aplicación de las manos en puntos energéticos del cuerpo.
En esta ciudad al Doctor Quintero lo conoce todo el mundo. Para muchos un personaje, de hecho, representa una personalidad en el Oriente del país. El punto de partida de la profesión se remonta a los años del 1970 en su terruño como pediatra; con las carestías de medicamentos se inclina hacia la medicina natural  tradicional y se adiestra en esta disciplina, tan vetusta como el mismo umbral del ser humano.

En 1994 creó un departamento dedicado a estos menesteres con un pequeño grupo de seguidores en Santiago de Cuba. Una respuesta necesaria  durante el período especial cubano y el movimiento mundial que apuntaba hacia las curas naturales. Surgió así  la clínica de medicina tradicional en el policlínico infantil Sur. El recinto fu un templo de silencio y buenas costumbres, condiciones esenciales para los tratamientos aplicados que requieren concentración y paz. Las modalidades  incluyeron ventosas, reflexología, peloide, moxibustión, reiki, acupuntura, auricoterapia, pirámides, masaje chino, digitopuntura y terapia floral.
En la clínica no tuvo complejas tecnologías pero si muchos terapeutas que aplicaban la primera divisa para aliviar un dolor: la compresión, una sonrisa y cariño, después tutelan el tratamiento con las destrezas antiguas para estabilizar el desequilibrio energético del cuerpo que  denominamos enfermedad.
El doctor Quintero sin proponérselo salda la deuda que tiene nuestra civilización con  los  sanadores anónimos  que la historia no testimonió.


 

              





                                  

lunes, 10 de septiembre de 2018

Cayamba y su voz


Santiago de Cuba, sept. 10.-Tal vez un día exista un espacio en la Fiesta del Fuego para evocar a grandes  artistas desaparecidos y que año tras año, mientras  tenían  vida, estuvieron presentes en el jolgorio caribeño de principios de julio en esta ciudad.
 Y hoy rememoro a Cayamba,  personalidad-personaje  baracueso que hizo de su vida un libro de música, tradiciones y folclore… Estoy escribiendo un réquiem para Oscar Moreno González, quien desapareció físicamente el 7 de setiembre de 1991, año que también paseó por las calles santiagueras durante el Festival del Caribe.
Le encantaba andar por el centro citadino, cerca de la casa de la Trova y por la calle Aguilera; era tan fuerte su estampa, que siempre lo rodeaban  transeúntes y  admiradores…Con una filosofía natural, se sonreía y decía campechano, sus refranes y pensamientos, surgidos o aprendidos a lo largo de la vida. Murió a los 67 años de edad,  en pleno apogeo de su popularidad; ese día la guitarra y hechizante voz callaron para siempre.
Lo cubano-caribeño lo asumía de corazón, desprendía el aire de su tierra cimarrona, de los montes y ríos caudalosos, del mar fuerte y costumbres ancestrales;  Mulato con su sonrisa ancha, identificado  por el sombrero alón, collares excéntricos y su guitarra escrita con las ”cayambadas” . Le nombraban el cantante de la voz más fea del mundo, y así lo repetía en cada uno de sus desempeños.
De los tesoros valiosos, sus guitarras, no se desprendía nunca ; todas  escritas con reflexiones propias o las que les impactaron. Algunas las guardo como trofeo periodístico: “La verdadera amistad es tesoro fabuloso, preciosa fortuna de valor incalculable… Jamás conocerás el verdadero amor, quien no haya aprendido el abecedario del querer a su madre; A mi si quiere tírame piedra ,a mi madre dale un pedazo de pan o una pucha de flores...Mentirosos y embusteros son iguales que el reloj, que nos mintió por primera vez, a veces nos puede decir la verdad, pero siempre nos quedará la duda...”
Un cronista del diario Juventud Rebelde lo describió de una manera magistral durante una visita del inolvidable baracoense a la capital cubana:
“Fue durante el IV Festival y Concurso Internacional de Guitarra de La Habana. Era invitado especial, tendría que actuar en la sala Covarrubias del Teatro Nacional, su primera presentación en un teatro de verdad, a lleno completo. Desde mi butaca de espectador, al salir de entre bastidores lo vi más hermoso, más imponente, más seguro de sí. Sentí entonces un orgullo hondo, hasta donde el Toa no alcanza en sus aguas. Venía como de costumbre lleno de polimitas, de sombrero y de esa ingenuidad lejana como nuestra Baracoa. En su mano segura, la de los acordes, traía la guitarra vieja, tan cargada de embrujos y amor como él mismo. Entonces, pasó lo que pasó. Una luz fuerte, penetrante, impertinente, quiso alcanzarle el rostro. Imponiéndose a la atrevida, sacó la única mano disponible para evitar la ofensa. Entonces, pasó lo que pasó: un público capitalino soltó la carcajada más estridente escuchada en teatro alguno. Pero, como siempre, inmutable, ahora sin percatarse de lo sucedido, siguió hasta la meta con toda la serenidad de sus años y todavía evitando con aquella abarcadora mano la impertinente luz. Ya sentado, comenzó despacio en su voz grave, una defensa que aún siento cerca: «Yo vengo de allá lejos, de un lugar lleno de verde, de aguas y montañas; traigo el ritmo y la cadencia de las polimitas, caracoles ingenuos, bellos y útiles al hombre. Sus colores son los del Caribe y con ellas traigo también un mensaje de paz, porque así es Baracoa, así es su naturaleza, así son sus hombres. Traigo, además, el eco de la presencia de José Martí que al llegar un día a mi tierra conmovido dijo: “La noche bella no deja dormir”.
En mi perplejidad, vi a un auditorio sabio levantarse de sus butacas para entregar la ovación más fuerte ofrecida a un artista. Luego, ya dueño de aquel primer teatro, vinieron las canciones, la guitarra regalada por el maestro Leo Brouwer y esos divertimentos que ocurren en un espectáculo.”
Esta crónica titulada “Mariscal de guitarra” fue premio del concurso Enrique Núñez Rodríguez en 2009.
El bardo auténtico, imagen y semejanza de su Baracoa,  permanece ahora a la vista pública, inmortalizado.  La escultura erigida en el paseo peatonal de la ciudad primada de Cuba muestra al trovador sonriente, con la mirada hacia  la Casa de la Trova, donde tanto cantó y rasgó  su guitarra al mismo tiempo que imponía “la voz más fea del mundo”, como él mismo se auto titulaba.
Cuentan quienes más conocieron a Oscar Montero González que   el  apelativo de Cayamba se lo adjudicó   por  la figura de un muñeco articulado que en la sastrería “Casa de los Recuerdos”, de la ciudad de Baracoa, atraía y gustaba a todos sus habitantes
Cuando el notorio cantautor  Pablo Milanés lo conoció dijo de él: “Nosotros no sospechábamos que en cuba existiera un señor que le dicen Cayamba, en Baracoa , es un genio de la trova tradicional, nos dejó totalmente impresionado porque en su música hace una mezcla de jazz blue, feeling, bolero y trova tradicional que no se da en ningún trovador cubano...”.
Hoy  se perpetúa su obra y su silueta recorriendo la memoria de toda Cuba y en particular, cada julio, durante “el caribeño”, con el olor del terruño que amó entrañablemente, de sus amores y del canto acompañado por las guitarras legendarias…




domingo, 9 de septiembre de 2018

El Diablo Rojo, más allá de un personaje.

Cuando se escribe o se habla de El Diablo Rojo, se va más allá de un personaje de la ciudad…Es  aseverar que fue un hombre de su tiempo,  amante del  terruño;  un peregrino  en  patines, desde su  ciudad, Santiago de Cuba hasta La  Habana.
 Emilio Benavides Puentes  nació el 6 de octubre de 1901 en Santiago de Cuba. Tuvo 23 hermanos y una hermana… Su existencia estaba llena de avatares que los signaron como  hombre procedente de un hogar muy pobre
De pequeño, en medio de la penuria en que vivía su familia y que lo obligó a realizar cuanto trabajo apareciera, tuvo dos grandes aficiones que, con el tiempo, le traerían la fama: los patines y el baile, específicamente el Charleston.

Por el año 1927 se hizo asiduo visitante de la compañía teatral bufa de Bolito. Cuando bajaban el telón en el intermedio de la obra, Emilio se ponía a danzar  en las graderías del teatro. Un día el dueño lo vio y le gustó tanto el desparpajo del joven que lo contrató como bailarín excéntrico y acrobático. Fue precisamente en este rol cuando, durante una actuación en Holguín, lo bautizaron con el mote que lo marcó para el resto de su vida: El Diablo Rojo. Lo de diablo era por sus movimientos, y lo de rojo, por el color de la ropa que vestía.

Muchas anécdotas casi mitos,  marcaron su etapa de teatrero. Una vez en un hotel de Puerto Padre, por los años 30 del pasado siglo, el Diablo Rojo y otros amigos de la compañía, empataron varias sábanas y se descolgaron hacia la calle, con las maletas, desde un piso elevado, porque las recaudaciones no le alcanzaban para pagar habitaciones.

Tuvo momentos muy difíciles en los cuales no aparecía trabajo y pernoctó en el parque de Montes y Prado, en la Habana. En una ocasión, leyó un anuncio en un periódico sobre patines “Chicago”. Se presentó a la convocatoria y lo contratado. Como  promotor de ese negocio,  nació una de sus mayores hazañas  muchos han contado: un viaje en patines entre la capital y la localidad que lo vio nacer.  El tramo lo recorrió en 7 días y 3 horas. En total, a lo largo de su vida, hizo cinco viajes entre Habana y Santiago: tres para la capital y dos hacia su ciudad. Siempre en funciones propagandísticas.

Pero esta no fue su única proeza. En una oportunidad bajaba, junto a otros patinadores, la empinada loma de la vía  santiaguera San Félix, y al cruzar la calle Santa Lucía se le interpuso un automóvil. En ese breve momento, donde sólo se veían dos oportunidades: estrellarse contra el auto o contra una pared;  Emilio no lo pensó dos veces, se agachó y saltó por sobre el carro. Todos los presentes rompieron en vítores y aplausos, creyendo que se trataba de algo ensayado, e incluso le pidieron que lo repitiera, pero el patinador sólo atinó a perderse del sitio.

Sin embargo, al parecer le tomó el gusto pues luego la repitió  muchas veces  hasta contabilizarle más de 3000 saltos sobre autos. También lo hizo encima de  12 bicicletas en conjunto y sobre muchachos que se acostaban en el pavimento… Uno de los mayores recuerdos fue su propaganda en la tienda “El Machetazo”, llena de colorido y habilidades.

Luego del triunfo de la Revolución en 1959, el Diablo Rojo realizó varias labores: mensajero; mozo de limpieza; vendedor de refresco, emparedados y otras mercancías en cines citadinos.   hasta que en 1969 se jubiló. Justamente en esa época comenzó a desarrollar una labor que le ganaría un lugar definitivo en el corazón de los santiagueros.

Vestido con uniforme de miliciano, el Diablo Rojo, incluso ya octogenario se dedicó a cuidar la seguridad de los niños de una escuela  “Armando García”, en la popular calle Trocha, regulando el tránsito de la zona. Con las piernas en semi cuclillas y los brazos extendidos, controlaba el tránsito para que las filas de niños cruzaran la calle.

Volvía a vestir el traje de Diablo rojo en la época de carnaval, entonces paseaba elegante con un garbo único por las calles de su Santiago hasta concluir frente al jurado de la fiesta, donde hacía gala del  donaire de  artista espectáculo.

En documental  sobre su historia realizado por el cineasta cubano Octavio Cortázar, en 1986 dijo: “Yo sé que es una locura el tirarme así delante de los carros pero la vida de los niños es lo principal”.

 Y  el cineasta narró: “Resulta una fiesta verlo ejercer su tarea, deteniendo incluso a los propios policías motorizados, quienes le dedican un saludo al pasar por su lado. Cede el paso a los automóviles con un simpático baile, que recuerda los mejores pasos del Rey del Pop; o dedica un regaño a un conductor que no frenó a tiempo ante la presencia del paso peatonal. En cuatro ocasiones había sido atropellado durante su trabajo en esa esquina santiaguera, fundamentalmente por ciclistas, pero eso no impidió que cada mañana regresara a su puesto porque, aunque sus amigos le dicen que no tiene por qué hacer eso, él prefiere no ser uno de esos mayores que se pasan todo el día sentado en un parque”.

“Pero su labor con los niños no consistió solo en proteger su traslado hacia la escuela. En el interior de la “Armando García”, el Diablo Rojo, aconseja a los pequeños de pre-escolar, les canta, les conversa sobre la importancia de la escuela y (no puede faltar), les dedica un simpático baile ante las sinceras carcajadas de los infantes. Se emociona hasta rajársele la voz cuando, una semana antes de su cumpleaños 85, los pioneros le celebran su onomástico. “Es la primera vez en mi vida que celebro un cumpleaños”, dice, y pide que lo acompañen en coro con “una poesía” que en verdad es una fusión de varios poemas que termina con los inolvidables versos de Bonifacio Byrne…”

El documental concluyó  con  el Diablo Rojo sobre sus patines, atado con telas alrededor de sus octogenarios pies, danzando sobre ruedas, o alzando una pierna mientras desciendía Enramadas apoyado sobre solo un patín, ante la mirada atónita de los transeúntes.

El 22 de febrero de 1995 murió el Diablo Rojo. Dejó 6 hijos, 13 nietos y 2 bisnietos. Junto a su féretro, niños del colegio ubicado en Trocha, a los cuales él dedicó sus últimos años, hicieron guardia de honor.

En el periódico Sierra Maestra de marzo de 1995 se dio a conocer la noticia. El periodista Rafael Carela le dedicó un homenaje titulado “Un adiós sin olvido al gesto del hombre”. El Diablo Rojo ha muerto. Es como si se apagara una luz en las calles de Santiago.

Así lo describió la crónica póstuma: “Porque ya no se verá más la enternecedora locura de dejar la tranquilidad de su retiro para proteger el paso de los niños, dirigiendo el tránsito, bajo un sol en cenit, en la Trocha del Tivolí santiaguero. Porque la pobreza vestida de rojo no le disputará al viento la carrera, anunciando productos alejados del alcance de sus manos. Porque sólo quedará en la memoria aquel impulso felino en patines de un hombre que ya es leyenda”.

viernes, 23 de septiembre de 2016

En busca de Jorge Lefebre en su ciudad natal.

En busca de Jorge Lefebre en su ciudad natal.

Por María Elena López Jiménez

La casa de calle H no. 60 del reparto Sueño de Santiago de Cuba sigue con sus recuerdos y los moradores aún conservan los momentos que el destacado coreógrafo Jorge Lefebre se reencontró con el sitio exacto donde nació. “No hay olvido, dijo, esta habitación fue el primer refugio de mi infancia”.

Los vecinos más antiguos de la barriada recuerdan con cariño a Pachicho como le apodaban de niño y jovencito. Así testimonian Esperanza Quintana y Ricardo López; de familia muy humilde, la madre se dedicaba a la costura para el principal sustento de la casa; su paso para la capital cubana fue con mucho sacrificio y tuvo que retornar a su ciudad de donde logró viajar a Estados Unidos con ayuda de amigos, entre ellos, la conocida pianista Dulce María Serret.

El destacado santiaguero corrió mundo y en muchos escenarios demostró su talento hasta la hora de volver a su tierra; era una deuda con los coterráneos que lo admiraban y amaban entrañablemente… Y  su viaje, en el que sembró la simiente para la creación del Ballet Santiago, era su adiós definitivo. Corrían los años 80 del siglo XX  cuando regresó con un mundo de sueños por realizar; la ciudad le brindó lo que quiso: un mestizaje de lo clásico con lo afrocubano.

¿Dónde podría encontrar la fusión exacta para un ballet?.

Se facturó el proyecto de un documental que ha permanecido trunco; el realizador también desapareció físicamente,  queda su guionista, quien busca incesantemente los vestigios de imágenes e información que un día compiló. Las obras “Ercilí” y “Consagración” se conservaban en los archivos de Tele Turquino. Ellas hablaban de la unión apasionada con el Ballet Real de Wallonie de Bélgica, el Ballet de Camagüey, alumnos de la escuela vocacional de Arte José María Heredia de la provincia y los conjuntos, Folclórico de Oriente y Cutumba.

Los estrenos fueron en el Teatro Oriente en 1988, todo un acontecimiento; el destacado coreógrafo vivió momentos únicos en su corta estancia pero intensa de trabajo con sus coterráneos… Disfrutó como nadie ese año del Festival del Caribe, del andar ondulante de los hijos de esta ciudad, de su música, costumbres y haceres.

Parecía que Santiago de Cuba le daba a conocer todo lo que no vivió en su ausencia… En 1990 desapareció un día hasta que los medios de difusión publicaron la noticia: Jorge Lefebre ha muerto aquejado de una grave dolencia, en Charleroi (Bélgica) el 15 de mayo de 1990… Lefebre dirigía el Royal Ballet de Wallonie, en Bélgica hasta el mismo instante de su desaparición física.

En distintos páginas virtuales se relata muy escuetamente su trayectoria: “es un artista que desarrolló su obra lejos de Cuba y dentro de las concepciones más contemporáneas del ballet por lo que no fue muy representado por el Ballet Nacional de Cuba, apegado a la tradición clásica de su directora Alicia Alonso.

A pesar de ello mantuvo un nexo con la cultura cubana, al igual que su esposa Menia Martínez. Lo primero que le montó el Ballet Nacional de Cuba fue “Edipo Rey” (1970), aunque también se bailaron sus obras en el de Camagüey y la compañía de Danza Contemporánea.

En 1971 estrenó con el Ballet Siglo XX de Bejart, “La sinfonía del Nuevo Mundo”, a la que siguieron “Salomé” (1975), “Yagruma” (1975), “El pájaro de fuego” (1976), “La noche de los mayas” (1976), “Diálogo y encuentro” (1978) y “La Caza” (1979).

En Lefrebre está muy presente el acento negro de la cultura cubana, tanto en el modo de bailar como en los temas que escoge, poniendo a dialogar la mitología clásica con la de su mundo afrocubano.

Actualmente la ciudad exhibe el proyecto danzario infantil y juvenil Jorge Lefebre, dirigido por la destacada profesora y promotora cultural Tania Bell Mosqueda, quien rinde tributo a un santiaguero grande del arte, nacido el 24 de marzo de 1936 en una morada que aún permanece como un tierno testigo de una vida. Y por supuesto, los noveles bailarines que llevan su nombre para que perdure por siempre.

lunes, 29 de agosto de 2016

Santiago de Cuba, la primigenia del bolero como género musical

Cuando se hable de boleros en Cuba, irremediablemente, hay que remitirse a esta ciudad suroriental que es la primigenia en el país con la página de Pepe Sánchez, “Tristezas”, la inicial del género romántico, surgida a finales del siglo XIX.

Y ahora que están los preparativos del Festival y Congreso Mundial del Bolero en la Ciudad de México, previsto para 25 hasta 28 de agosto, hay que volver los ojos agradecidos a la ciudad cubana, bolerista por excelencia, la que ha dado al orbe artistas de renombres cultores de páginas de oro, dígase Enrique Bonne, Fernando Álvarez, Pacho Alonso, Santy Garay, La Lupe, y la pléyade de trovadores que cantaron al amor, háblese del mismo Pepe Sánchez, los Matamoros y Sindo Garay, quienes incursionaron por este camino del arte.

Las investigaciones indican para aquella época, dos siglos atrás, la isla de Cuba tenía lazos muy fuertes con España,  así como su influencia musical. Aquel bolero español consistía en música con acompañamiento de castañuelas, tamboril y guitarra; era muy atrayente la versión hispana de movimiento danzante y ligero. Y que, también, su nombre podría tener sus orígenes en la expresión Voleo (volar) y que los bailes españoles muestran este voleo. De las cajas de madera, como percusión y  el uso de la guitarra llegó el bolero al Caribe, concretamente a Cuba, donde se le dio ese compás cadencioso y mágico con sus bongós, tumbadoras y guitarras.

Y entre historia e historias, se sabe que un sastre santiaguero, del barrio de los Hoyos, el mulato Pepe Sánchez, por el año 1883, se inspiró en una página inmortal, dándole el sello cubano al primer bolero en el Caribe. Fue el paso inicial del género en Latinoamérica y en el mundo. Otros incursionan en diversos relatos y declaran que los mexicanos continuaron cultivando el género al igual que en Cuba y que al paso de los años, la tierra azteca lo adoptó.

Se reconoce que aunque no haya tenido la jerarquía del origen, México tiene una gran importancia para el desarrollo  de esta música. Tanto, que muchos dicen que el bolero nació en el país de las rancheras.

TristezasHijas de la vieja trova santiaguera, las letras del primer bolero, brotaron: “Tristezas me dan tus quejas mujer, profundo dolor que dudes de mí ; no hay prueba de amor que deje entrever, cuanto sufro y padezco por ti. La vida es adversa conmigo, no deja ensanchar mi pasión, un beso me diste un día, lo guardo en mi corazón'”.

En 1919, apareció el primer bolero mexicano con la autoría de Armando Villarreal, ejecutante de violín, bajo el título “Morenita mía”. He aquí un fragmento: "Conocí a una linda morenita y la quise mucho. Por las tardes iba a enamorarla  y cariñoso a verla. Al contemplar sus ojos mi pasión crecía; ¡Hay Morena!! Morenita mía no te olvidaré…!

La radiodifusión por aquel entonces fue decisiva para la expansión en el orbe. El siglo XX brilló con letras que aun hoy se interpretan; y en los años 50, Lucho Gatica irrumpió como un himno; al igual que Olga Guillot, Vicentico Valdés, Daniel Santos, el trio Los Panchos, Agustín Lara, Cesar Portillo de la luz, en fin, voces que lo acrecentaron… En la década de 1950 alcanzó su apogeo mayor en México.

Según el musicólogo Helio Orovio, el bolero constituye la primera gran síntesis vocal de la música del país, que al traspasar fronteras registra permanencia universal; constituye la fusión de factores hispanos y afrocubanos, presentes en la línea acompañante de la guitarra y la melodía. Evolucionó con diversas variantes como el bolero-moruno, bolero-mambo y bolero-beguine, que dieron éxito a sus cultores.

Aunque esté muy vinculado desde siempre a bares, barras, vitrolas, besos, pasión, amores y males de amores, también es un género para interpretarse en grandes escenarios, por lo que en Cuba se creó el Festival internacional Boleros de Oro, cita relevante que reúne a compositores, intérpretes, investigadores y todos los amantes del género.

Organizado por la Asociación de Músicos de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba con el coauspicio del Ministerio de Cultura, el Instituto Cubano de la Música y el Instituto Cubano de Radio y Televisión; el evento se celebra en La Habana desde hace 29 años; en Santiago de Cuba tuvo su subsede por una larga temporada pero actualmente se festeja en cada junio “Boleros en Santiago”.

Por supuesto, en la tierra de trovadores no podía faltar la pasión de los arpegios y el bolero es obra de amor. Las huellas se divisan en cada sitio de la ciudad protagonista de páginas imperecederas que entran sin lugar a dudas en la historia de los boleros de Oro. Nuestro Enrique Bonne, dice de los andares, cuando recalca “dame la mano y caminemos. . .”, o “suenan las campanas de la iglesia…”.

Y en este comentario no podía faltar un artista que nunca se alejó de la ciudad y que su voz se escuchaba por toda el área caribeña; se trata de Santi Garay, quien falleciera en diciembre del 2008, el santiaguero creó su sonora para el disfrute de sus seguidores; privilegio de recuerdos, en el rincón del Bolero de Oro en la sede de la UNEAC; aquí se hurga sobre Santiago de Cuba y sus boleristas que retornan al universo noticioso cada vez que en cualquier parte del mundo se toque al género romántico musical.

Y pronto, en el Festival y Congreso Mundial en México, seguro que la ciudad madre del bolero estará presente como parte de un camino, casi leyenda, contribuyendo al noble propósito de inscribir el expediente para postular al Bolero como Patrimonio de la Cultura Inmaterial de la humanidad.